“El sexo es una de las nueve razones para la reencarnación…las otro ocho no son importantes” Henry Miller

Antes de que cientos de miles de mujeres se devoraran tomo tras tomo Las 50 Sombras de Gray, la literatura erótica ya era un género desde hacía mucho antes.

Sin entrar en el debate sobre Las 50 sombras de Gray y su valor literario y/o sociológico, es necesario reconocer que sienta las bases para correr un poco más el velo -y sacar la culpa y el pudor- para apreciar y reconocer la belleza de la literatura erótica.

El erotismo es parte de la humanidad y como tal ha sido expresado a través de las distintas ramas del arte; si bien en el lenguaje audiovisual, fotográfico e incluso en el arte plástico, existe una relación más familiarizada con el erotismo, para la literatura resulta un campo muy explotado, pero de un consumo mucho menos habitual.

Es un hecho peculiar que el género literario sea el menos valorado en esta temática, ya que el erotismo hecho palabras implica una destreza y un convite mucho más desafiante de los sentidos que cualquier otro formato. Incluso no es necesario buscar obras estrictamente eróticas para disfrutarlo, ya que también pueden deleitarse de su presencia en un capítulo de una novela, una página de algún cuento, una poesía entre muchas.

El erotismo llegó antes que Cristo

Los primeros escritos de literatura erótica se remontan a la Antigua Grecia, en torno al año 400 antes de Cristo, cuando el dramaturgo Aristófanes escribió la obra de teatro Lisístrata; más acá en la línea de tiempo -siglo IV- nació el Kamasutra conocido por todos, pispeado por muchos y leído íntegramente por pocos. Otra obra erótica de magnitud, procedente del Oriente medio musulmán es la obra medieval Las mil y una noches -del siglo IX-, aunque varias adaptaciones y traducciones censuraron varios de sus pasajes más subidos de tono.

Incluso hubo períodos dónde lo erótico era una herramienta de desafío a lo establecido, muchas corrientes anarquistas hacían uso de ella para reivindicar la liberación individual y denunciar la represión sexual: “Se nos dice que es necesario indicar a qué puerto ha de ir a parar el individuo que se lanza al océano de la diversidad de las formas de vida sentimental o sexual (…) la tentativa, el ensayo, la aventura no nos da miedo. (…) Consideramos la vida como una experienci , y la experienca por la experiencia queremos”, señalaba el anarquista Ernest Juin en Amor libre o sexualismo subversivo: variaciones sobre la voluptuosidad (1920-30).

Ahora bien desde un clásico como el Decamerón de Giovanni Boccaccio a Lolita de Navokov, pasando por Henry Miller, con sus obras Trópico de Cáncer y Trópico de Capricornio, han construido con palabras escenas acaloradas, que provocan una triple degustación de placer: el placer de la lectura, el placer por el deseo y el placer por lo exquisito en la elección de metáforas, colores, texturas, sonidos, olores, para transportarnos a esas secuencias; incluso cuando pueden resultar incómodas, “incorrectas”, inconfesables.

A veces parece que no se nombra, pero el erotismo está y baña las costas del arte con su sudor; obra de ejemplo el homenaje rendido por la banda liderada por Lou Reed, Velvet Underground que creó el tema La venus en pieles, tomando el nombre de la novela de Sacher Masoch de quien proviene el termino Masoquismo, que no hubiera sido posible sin su antecesor el Marqués de Sade que dio origen al término Sadismo. Y así en una interminable cadena de deleite el erotismo abunda hacia atrás y hacia adelante del que Las 50 sombras de Gray representa solo un episodio.

Fragmento de Plástico Cruel de José Sbarra p.21 Ediciones La Rata. Buenos Aires, Argentina1992

Primera alucinación: El Encuentro

“Con la mitad del corazón agonizando y la otra mitad en estado catatónico entré en el
Boogie-Bar. Ella estaba sentada en el taburete de la perversión.
Me acerqué guardando la timidez en el bolsillo izquierdo de mi pantalón azul marino que nunca navegó. Algún lisérgico escultor la había sentado ahí para tenerla de modelo.
Saqué la mano del bolsillo cuidando que no se me cayera la timidez, por si en otra ocasión
Ella lanzó hacia mis ojos dos líneas eléctricas. Cambié la dirección de sus feroces rayos y se los devolví. No estaba dispuesto a que extrajera de mi corazón el clorhidrato de la locura.
La saludé acariciando sus pechos. Le hablé de mis sueños con las manos.
Ella me respondió mostrando su lengua sedienta. Tiré de esa lengua, que era mucho más larga de lo que Brueghel hubiese imaginado. Una canción empezó a sonar entre sus piernas, una canción profunda. Y se encendieron luces plateadas y anaranjadas en las orejas.
Giré la pupila de su ojo izquierdo con la esperanza de que se abriesen las puertas del amor.
En la vuelta 44 aproximadamente se produjo una explosión que desmoronó su nariz.
Este hecho resulta bastante sorprendente si se tiene en cuenta que su aspecto era el de una mujer habituada a los terremotos del orgasmo.
En su ojo derecho, como en una máquina tragamonedas, se sucedieron imágenes de uvas, granadas y fresas hasta quedar detenido ante mi asombro, su número telefónico.
Recordé aquel proverbio medieval que dice: “No metas en tu cama a nadie que esté más loco que tú”, y decidí marcharme. Antes de hacerlo, por si al día siguiente cambiaba de opinión, tomé nota del número de su teléfono.”

(nota publicada originalmente en revista El Pasajero nº91)

http://revistaelpasajero.com.ar/

venus en pieles