Mónica Champredonde es profesora y coreógrafa de danzas afro y su compromiso con la enseñanza excede a la comprensión de la disciplina como un modo de baile. Ella se compromete con el reconocimiento de la liberación que traen consigo estos movimientos irradiados desde la pelvis que le son propios y que interpelan a los cuerpos cargados de opresión material y simbólicamente acarreada.

Mónica Champredonde fue una de las mentoras del Primer Festival Nacional de Cultura Afro argentina; “Sentí la necesidad de crear un marco que nucleara a todos los músicos, bailarines, actores, musicólogos, antropólogos, historiadores, cineastas, artesanos, luthiers, vestuaristas, escritores, viajeros y todo aquel que pudieran mostrar a la comunidad cuánto de aporte de africano esclavo y de africano o afrodescendiente inmigrante existe de manera tan determinante en nuestra “cultura argentina”, sin que lo sepamos. Sin que lo reconozcamos. “

La recompensa fue lograr acercar la noción de cuánto de africanidad traemos puesto sin darnos cuenta “que la gente común se entere de la ascendencia negra de nuestro primer presidente Rivadavia o del origen del tango y del bombo legüero, fueron ciertamente un logro que me dejó un sabor dulce.”

El evento se realizó en 2010 e implicó un encuentro multidisciplinario de artistas, artesanos e investigadores durante nueve días consecutivos en el que se ofrecieron espectáculos, clínicas, conferencias, se proyectaron películas y estuvieron presentes artesanos, luthiers y artistas plásticos de La Plata, CABA, Mendoza, Rosario, México y España, contando con el padrinazgo artístico de Betiana Blum y Juan Palomino.

Esto fue una especie de meta, sin embargo, antes de llegar a este punto de ebullición su recorrido estuvo marcado por una causa originaria: su madre es pianista y concertista y su padre era veterinario, profesor en la Universidad y trabajador de hacienda en su campo. “Esta influencia de arte, ciencia y naturaleza es lo que llevo en la sangre, y mantener la mezcla de las tres cosas en partes iguales resultó ser una necesidad primordial en mi vida”, reflexiona.

Su profesión primera es la de diseñadora gráfica, actividad que provocó que a sus 30 años se propusiera poner el cuerpo en movimiento, ya que su trabajo le demandaba horas interminables de estar sentada frente a la computadora. Así, la búsqueda la llevó al aprendizaje de Danza Afro “en poco tiempo me convertí en bailarina intérprete en una obra de danza y en poco más, 2005, comencé a dar clases El Altillo del Sur, un pequeño centro cultural creado por César Palumbo y al poco tiempo continué en el estudio TEM, de Isabel Etcheverry, en el que continúo hasta hoy.”

En 2006 debutó con su grupo de danza llamado JIWU en el III Congreso Internacional de Culturas Afro Americanas. “Allí presenté, con percusión en vivo compuesta especialmente para estas coreografías, piezas inspiradas en danzas tradicionales africanas y también en danzas de Orixás. Y fue muy emotiva y estimulante la devolución que tuvimos, tanto por parte de los religiosos de Candomblé como de la gente que venía de formarse en África”

A partir de allí se sucedieron las experiencias: en 2007 se presentaron en la muestra “Inspiraciones africanas: Entre la modernidad y la herencia ancestral”, en el Centro Cultural Borges y en 2009 su obra fue parte del “1º Ciclo de Producciones Independientes” en el Teatro Coliseo Podestá.

AUTOPERCEPCION DEL CUERPO

Como la docencia para ella es entendida como un compromiso y la danza afro como una herramienta liberadora del cuerpo ha llevado sus propuestas a espacios que representan un desafío. “Durante el verano de este año tuve una experiencia extraordinaria a cargo de un taller de “movimiento, percusión, plástica y actuación” que di en el Instituto cerrado El Castillito a 16 chicos “en conflicto con la ley” de entre 15 y 18 años. Chicos que están ahí por haber cometido robos o asesinatos. Allí conocí una realidad muy diferente de lo que había imaginado.”

“Ha sido también muy revelador el trabajo de preparación corporal para interactores con caballos, no tanto por los cambios que observé en las personas, sino por la respuesta conductual de los animales”

Es que Mónica Champredonde es consciente de la potencia de su arte: “La manera de gestionar el movimiento en relación a la gravedad, al espacio, al otro, a la música emergen de una cultura diferente a la nuestra y, ya sabemos, el cuerpo y la imagen corporal son producto del atravesamiento de la cultura a la que pertenecen. Con lo cual, estas danzas proponen al psiquismo nuevas maneras de autopercepción, grandes o pequeñas revoluciones interiores que, en nuestro país y por el momento, son más buscadas por mujeres que por hombres.”

A raíz de esto, otra especialidad captó su atención: el funcionamiento de la psiquis, por lo que comenzó a interiorizarse en la psicología y el psicodrama. Esto la llevó a construir una especialidad que denomina “Movimiento lúdico” que “apunta a educar nuestra inteligencia corporal a partir de convocar los saberes y necesidades de nuestro “cuerpo primitivo”. Creo que la motivación de las personas que se interesaron en probar esta propuesta fue, al igual que yo en su momento, la demanda inapelable de un cuerpo largos años postergado en pos de un desarrollo más bien exclusivamente mental. “

En esta lectura del cuerpo y la mente, Champredonde avanza en el desafío interrogarse sobre la movilidad, las libertades sesgadas, la alienación del movimiento, las identidades y las culturas invisibilizadas. Una invitación elocuente a conocerla.

(Publicado originalmente en revista El Pasajero nº92)

http://revistaelpasajero.com.ar/

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