Y la araña a punto de caer sobre tu cabeza no te alteraba, estaba a centímetros tuyo tejiendo su fina tela desde la lámpara en dirección a tu sien. No te hubieras dado cuenta aunque se hubiese metido en tu nariz que ya debe haber perdido la sensibilidad. Llevabas a cabo la tarea paciente de armar los pedidos.

Matías estaba terminando de cocinar los fideos; cuántos cenaríamos esta noche, nunca éramos menos de cinco, aunque en noche de viernes nadie comía demasiado.

Yo estaba recostada sobre el sillón hacía dos horas mirando el techo y observando al insecto de ocho patas que había fabricado sobre la lámpara del living un espeso decorado con su tela transparente. Cada tanto te miraba, pero entonces nada más que tus bolsitas y tus gramos te importaban, yo podía haber muerto y no te hubieras dado cuenta.

Fumaba y esperaba que empezara a sonar el timbre, que llegaran los comensales, los amigos, los clientes.

-Terminé-, dijiste y empezaste a armar tu ración

-Ya vamos a comer, por qué no lo dejás para después- , le susurré exhalando humo, pero la mirada que me clavaste cerró la posibilidad de que me hicieras caso.

-O.K. Juan, te lo pedí porque ahora no vas a comer y Mati se jugó cocinando.

-Y me lo decís vos que estás tirada ahí haciendo nada, fuiste incapaz de darle una mano.

-Voy a traer los platos-. Me levanté de a poco porque el calor, la piel y la superficie pegajosa no eran una buena combinación.

Allí primero vivían Mati y Juan y cuando me echaron de mi casa me sumaron a la convivencia. Esa noche era una de las pocas ocasiones en la que estábamos solos los tres. Se hacía insoportable porque ya casi ni hablábamos, si lo hacíamos todo terminaba mal y ninguno quería/podía dejar la casa/negocio, entonces permanecíamos callados hasta que alguien llegara, porque siempre llegaba alguien.

Los chicos se habían conocido en la escuela primaria, eran unos pendejos de clase media que tenían fama de barderitos en el pueblo. No terminaron la secundaria y viajaron a La Plata a la casa de no se qué pariente y se quedaron a vivir. Yo los conocí en alguna noche en la que un tipo se estaba poniendo pesado conmigo y saltó Mati a defenderme; a partir de ahí empecé a hacerme amiga de Mati y a engancharme con Juan.

-¿Y Qué onda los fideos?

-Muy buenos ¿no Juan?

– Sí, la verdad que le pusiste onda. Che loca ¿no querés poner música?

Juan era más seco, muy callado, sin embargo, fue el primero que me invitó a su casa cuando quedé en la calle. Éramos una familia, pero los celos, los descuidos, los malentendidos, las confusiones,…

La última trifulca había sido la semana pasada cuando Matías le dio la dirección de casa a unos pibes que se cruzó pora la cale. Los locos lo conocían de vista y le pidieron merca, la cuestión es que a los dos días cayeron y Juan no les quiso vender. Es que no se puede invitar a cualquiera, fue una pelea importante y recién hoy volvimos a dirigirnos la palabra.

Empezó a sonar “Es hora de levantarse querido” de los Redondos y como la conocíamos nos unimos en un coro: “Soñaste angelitos muy profesionales que iban al grano jugando a los gángsters. Dormís colgado en la rama que soldaste con primor y el carozo del asunto es tu temor, es sólo tu temor que es tan puro y tan elegante sentado en tu dedo muy almibarado.
¡A vivir que son dos días!

Tenés la licencia para envenenarnos, pensás con audacia consejos muy agrios. Un caníbal desdentado enseñando a masticar, tu negocio es muy difícil de explicar y fácil de enseñar fácil de enseñar…”
-¿Golpearon la puerta?

-No creo Flor, hubiera sonado el timbre.

-No Juan, tiene razón, están golpeando.

-Y qué clase de pelotudo golpea cuando hay timbre-, dijo Juan riéndose y abrió la puerta de entrada que estaba al fondo del pasillo.

Lo que siguió fue un fuerte griterío, y pibitos apurándonos. Un arma apuntando a Juan. Matías, que había ido a la cocina salió del fondo con un cuchillo en las manos. Un forcejeo y me tiran al piso. Un disparo. Juan se desploma y cae al lado mío. Empieza a brotar la sangre, el color púrpura se expande en el suelo.

Y la araña sigue paciente tejiendo su tela.